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Entrevista: “No existen espacios extraterritoriales en el Perú, ni siquiera el puerto de Chancay”

Vista del "megapuerto" de Chancay en la pequeña localidad de Chancay, a 78 kilómetros al norte de la capital peruana Lima, el 29 de octubre de 2024. (Foto de Cris BOURONCLE / AFP)

En un escenario de creciente tensión entre las potencias, el Perú se ha convertido en el centro de gravedad de una pugna geopolítica que trasciende lo comercial.

Mientras el megapuerto de Chancay se perfila como la gran puerta de entrada de China en Sudamérica, Estados Unidos despliega su modelo DIME (Diplomático, Informacional, Militar y Económico) para recuperar su área de influencia bajo la bandera del combate al narcoterrorismo.

Para desentrañar estas complejas capas de influencia y seguridad, conversamos con el General (r) Marco Antonio Miranda Valdez, investigador del Centro de Altos Estudios Nacionales (CAEN) y exdirector general de Política y Estrategia del Ministerio de Defensa de Perú.

En esta entrevista, el General analiza las herramientas del poder nacional estadounidense —el modelo DIME—, el impacto del dumping comercial chino en la industria peruana y la urgente necesidad de que el Perú desarrolle una “capacidad dual” en su próximo gobierno.

Más allá de la economía, Valdés plantea una tesis fundamental: la urgencia de defender una soberanía ampliada que impida que los contratos-ley se conviertan en espacios de extraterritorialidad.

MARÍA CERVANTES: ¿Cómo debemos entender la actual postura de Estados Unidos hacia la región?

MIRANDA VALDEZ: Todo nace de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Ahí dice claramente cuáles consideran las amenazas prioritarias y dentro de ello está el combate contra el narcoterrorismo.

He estado hace poco en una reunión preparatoria para la Conferencia de Ministros de Defensa de las Américas y solamente en la tipificación de las amenazas se nota la doctrina desarrollada en Estados Unidos.

La nomenclatura tiene mucho que ver: una cosa es llamarlo narcotráfico y otra narcoterrorismo. Quiere decir que Estados Unidos considera que los cárteles de la droga son a la vez terroristas, y para ellos existe otro tipo de estrategia mucho más contundente.

Sabemos que el interés de Washington no es simplemente ‘ayudarnos’, sino expulsar la influencia china del continente. Para ello, están utilizando el tema del narcoterrorismo.

MARÍA CERVANTES: ¿Qué importancia tiene el Perú en este tablero para Washington?

MIRANDA VALDEZ: Es obvio que los ojos de Estados Unidos están puestos en Perú. Hubo hace poco una declaración de que es un socio estratégico extra-OTAN y esto evidencia la importancia que le están dando.

Es también por el tema de China con el puerto de Chancay, la distribución de la electricidad —de la que prácticamente tiene el monopolio— y algunas mineras.

Eso le permite a Estados Unidos pensar que es necesario posicionarse nuevamente en Sudamérica porque ya se ve una fuerte influencia de China.

Yo no estoy diciendo que sea bueno o sea malo, pero desde el punto de vista de Estados Unidos, esto debería evitarse para que no esté tan cercano en una región en la que particularmente Estados Unidos desea mantener el control.

No comprendo la resistencia a permitir que organismos supervisores nacionales, como Ositrán, verifiquen las operaciones. Esa negativa genera inquietud y duda.

MARÍA CERVANTES: Recientemente, en Miami, el Ministro de Defensa del Perú suscribió junto a otros 17 países el documento “Escudo de las Américas”. En este comunicado impulsado por EE. UU. se introduce el concepto de “infraestructura estratégica”. ¿Cómo impacta esto a activos como el puerto de Chancay y qué tanto le debería preocupar esto a China?

MIRANDA VALDEZ: Nosotros tenemos muchos activos críticos que, en el lenguaje de Estados Unidos, son considerados recursos e infraestructura estratégica.

Es evidente que el puerto de Chancay —así como la posible construcción del puerto de Corío, el propio puerto del Callao y el corredor minero del sur— son puntos de interés que Washington buscaría ayudarnos a proteger.

Respecto a si esto debe preocupar a China, considero que no. Pekín continúa avanzando con la Iniciativa de la Franja y la Ruta y sus inversiones en distintos países deberían mantenerse como hasta ahora.

Sin embargo, no comprendo la resistencia a permitir que organismos supervisores nacionales, como Ositrán verifiquen las operaciones. Esa negativa genera inquietud y duda.

Al ser una inversión privada en territorio peruano, somos nosotros quienes regulamos su funcionamiento y debemos verificar que todo marche correctamente.

Si no hay inconvenientes, las empresas deberían sujetarse a la supervisión nacional; lo contrario genera suspicacias sobre las operaciones pactadas en los contratos.

Recordemos que Chancay es una sociedad entre una empresa china y una peruana (60-40%), por lo que está plenamente sujeta al control del Estado.

Esta vigilancia debe extenderse a las mineras y a las empresas de distribución de energía en Lima, donde existe un monopolio.

El problema radica en que, mientras Estados Unidos perciba que el Perú no tiene la capacidad de negociación para lograr esa supervisión nacional, intentará intervenir en dichos procesos.

Chancay es una sociedad entre una empresa china y una peruana (60-40%), por lo que está plenamente sujeta al control del Estado.

Actualmente, estamos ante una pugna política que busca frenar la expansión de la inversión china en América Latina.

Hemos visto casos en Paraguay y Argentina; aunque el gobierno de Milei ha mostrado disposición hacia los pedidos de Estados Unidos para limitar dicha influencia, Argentina no ha podido prescindir de la presencia china en su territorio porque sus inversiones siguen siendo fundamentales.

MARÍA CERVANTES: ¿Debe China preocuparse?

MIRANDA VALDEZ: No creo que China deba preocuparse por esto todavía. Aún no se ha definido con precisión qué infraestructura estratégica específica es la que inquieta a Estados Unidos respecto a la presencia china; hasta ahora, las declaraciones se han mantenido en términos generales.

Considero que debemos esperar una mayor especificidad en este punto.

Esa definición concreta probablemente se dará una vez que se establezca un nuevo gobierno, ya que la administración actual no se encuentra en condiciones de negociar acuerdos de esta naturaleza.

Este tipo de negociaciones son, por lo menos, de mediano o largo plazo, y requieren un marco de estabilidad que el presente escenario político no ofrece.

Cualquier actor que desee colaborar con nosotros es bienvenido, pero no en términos de extraterritorialidad, ni de extra imposición del marco legal que tenemos en Perú.

MARÍA CERVANTES: Considerando las características de este gobierno de transición, ¿cree que la participación del ministro de Defensa en estos acuerdos internacionales tiene validez real? ¿Tanto Estados Unidos como China toman en serio estos compromisos actuales o simplemente esperan la llegada de un nuevo gobierno para definir su relación bilateral con el Perú?

MIRANDA VALDEZ: Considero que su gestión está supeditada a los temas urgentes de la agenda interna, como la crisis por los desastres naturales en el norte del país, donde el 80% del territorio ha sido declarado en emergencia debido a las lluvias.

A esto se suma el proceso electoral, que inicia en apenas un mes.

En este contexto, no hay margen para que se concreten negociaciones estratégicas de largo aliento.

La participación en foros internacionales, en este momento, responde más a una cuestión de cortesía y amabilidad diplomática que a la capacidad real de comprometer al Estado en acuerdos estructurales.

MARÍA CERVANTES: Desde su perspectiva estratégica y militar, ¿cómo debería el Perú equilibrar esta situación? De cara al próximo gobierno, ¿cuál sería la forma más conveniente de gestionar la relación con ambas potencias para salvaguardar los intereses del país?

MIRANDA VALDEZ: Siempre he postulado que deberíamos aceptar la cooperación internacional de todos, pero en la práctica es sumamente complejo: si estás con uno, pareces estar contra el otro. Esto exige una diplomacia muy inteligente.

Las inversiones de China, de India o de cualquier otra parte del mundo son vitales porque necesitamos capital para explotar nuestros recursos naturales de forma sostenible.

El nivel de negociación dependerá del nuevo presidente, quien ya debería estar preparándose.

Estados Unidos ha sido muy transparente en su Estrategia de Seguridad Nacional (NSS); bajo la administración Trump, su postura es totalmente confrontacional y la están cumpliendo. Ya sabemos a qué atenernos.

La política de Trump se ajustará estrictamente a las líneas de esfuerzo de su NSS. Han sido claros: es la aplicación de la Doctrina Monroe de hace dos siglos, “América para los americanos”.

Recién parecen haberse dado cuenta de que existe un continente que consideran no solo un área de interés, sino su área de influencia. Esa influencia hoy se ve desafiada por las inversiones de Oriente hacia el Perú.

El puerto de Chancay es un enclave. Mientras funcione comercialmente según los términos del contrato, no debería haber problemas; nadie va a desarmar ese puerto y esperamos que la inversión total alcance los 3,500 millones de dólares.

Nuestro reto es crear la infraestructura económica —como trenes para traer la soya desde Mato Grosso, Brasil— para que el Perú sea el verdadero hub de Sudamérica.

Tenemos que negociar en función de nuestros intereses, pero primero tenemos que definirlos, Si queremos inversión china no es que tengamos que pedir permiso a Estados Unidos sino hay que hacerlo con inteligencia y diplomacia.

Sabemos que el interés de Washington no es simplemente “ayudarnos”, sino expulsar la influencia china del continente. Para ello, están utilizando el tema del narcoterrorismo.

El fentanilo es un problema real que mata a miles de estadounidenses, pero también se percibe como una herramienta de otros países para mermar las capacidades de EE. UU. enviando droga a través de diversas modalidades.

En el orden internacional actual, cualquier país que se confronte con otro buscará debilitar a su oponente, aunque sea “por goteo”.

China, por su parte, se caracteriza por no ponerle tiempo a sus objetivos. En mis contactos con representantes chinos —incluso compartiendo espacios deportivos como el tenis de mesa— noto que manejan las situaciones con mucha tranquilidad.

Sus metas pueden ser para hoy o para dentro de 100 años. Mientras hagan las cosas bien, el Perú los sentirá como un aliado estratégico en términos de cooperación internacional.

MARÍA CERVANTES: Aunque la doctrina de Trump reafirma a América Latina como su área de influencia directa, el estallido de nuevos conflictos en Oriente Medio parece haber redirigido la atención y los recursos de Washington. Hemos visto encuentros bilaterales fugaces, casi protocolares, que contrastan con las promesas iniciales. Ante este escenario, donde Israel e Irán ocupan la prioridad de la agenda estadounidense, ¿qué tan real es la garantía que ofrece Estados Unidos a la región? ¿Existe el riesgo de que los países latinoamericanos sacrifiquen su relación con China por un aliado que, históricamente, suele perder el interés en el continente cuando surgen crisis en otras latitudes?

MIRANDA VALDEZ: Para entender la estrategia de Washington, debemos analizar los cuatro instrumentos de su poder nacional, conocidos por el acrónimo DIME: Diplomático, Informacional, Militar y Económico.

Cuando vemos reuniones bilaterales tan breves, estamos ante una acción del componente Informacional: el objetivo es la foto, mostrar que el encuentro ocurrió. Sin embargo, el fondo es Militar.

Lo que Estados Unidos busca es obtener la “luz verde” para que sus fuerzas operen en territorios latinoamericanos contra los carteles del narcotráfico, sin que esto sea visto como una invasión formal.

Históricamente, Estados Unidos lleva los conflictos fuera de sus fronteras; no esperan a que los carteles se instalen en Miami o California, prefieren pelear la guerra fuera.

Para ello necesitan consentimiento, aunque bajo una administración como la de Trump, con inteligencia suficiente sobre una amenaza, intervendrían con o sin él.

Por eso utilizan el término narcoterrorismo, porque para ellos el terrorismo es una amenaza global que justifica la doctrina preemptiva (o de ataque anticipado).

Es importante diferenciar: no es una doctrina “preventiva”, sino preemptive. Esta doctrina, consolidada en la National Security Strategy de 2002 tras el 11 de septiembre, establece que si Estados Unidos cree que un actor estatal o no estatal pretende hacerle daño, tiene el derecho de atacar primero.

Aunque esto colisiona con los principios de Naciones Unidas, Washington lo aplica de forma legítima bajo su propia óptica de seguridad.

Respecto a la firma del Ministro de Defensa en Miami, considero que es un acto declarativo. No autoriza automáticamente una intervención, pero sí le otorga a Estados Unidos una legitimidad multinacional.

Es una táctica conocida: el 95% de la fuerza es estadounidense, pero la presencia de banderas de otros países les permite llamarla “fuerza multinacional” ante la comunidad internacional.

Para que China consolide su influencia en el Perú, primero debe reconocer la enorme brecha cultural que existe con Latinoamérica.

En esta pugna, Estados Unidos también emplea su poder Económico mediante aranceles, incluso contra China. Beijing, por su parte, tiene objetivos definidos donde la temporalidad no parece ser su mayor preocupación; saben esperar, ellos saben esperar y avanzan con una constancia que los caracteriza.

No obstante, en el contexto actual de confrontación, China también necesita fortalecer sus componentes informacional y diplomático para navegar la presión de Washington.

Por nuestra parte, no creo que sea la intención del Perú solamente seguir a Estados Unidos. Existe una realidad económica innegable: Washington también debe ser muy cauteloso en su trato con nosotros debido al volumen y la relevancia de las inversiones chinas que ya están consolidadas en el país.

MARÍA CERVANTES: Usted menciona que a China le falta fortalecer sus componentes informacional y diplomático. ¿A qué se refiere exactamente con esta carencia?

MIRANDA VALDEZ: Para que China consolide su influencia en el Perú, primero debe reconocer la enorme brecha cultural que existe con Latinoamérica y, sobre ello, tomar medidas en los campos diplomático e informacional. El Perú posee una plataforma excepcional: la migración china, que sentó bases culturales desde la época de la colonia; sin embargo, no veo que esto se haya aprovechado para generar un acercamiento real.

Hasta ahora, lo que conocemos son negociaciones con cuestionamientos legales o problemas de corrupción, como los vistos en gestiones pasadas. No se perciben negociaciones “amistosas” que busquen dejar un legado o una retribución tangible a las comunidades locales; lo que llamamos responsabilidad social. En el sector minero, por ejemplo, si ha habido esfuerzos por mitigar impactos ambientales, simplemente no nos hemos enterado.

China debe establecer estratagemas que nivelen esta diferencia cultural. Su estrategia debería basarse en este vínculo histórico en lugar de enfocarse únicamente en copar inversiones estratégicas, como en la distribución eléctrica, donde ya rozan el monopolio.

Las inversiones deben ser inteligentes: no se trata de gestionar monopolios u oligopolios, sino de entender el impacto que esto tiene en la relación estratégica entre Perú y Estados Unidos.

Culturalmente, seguimos siendo mucho más cercanos a Occidente. Crecimos consumiendo el “sueño americano” a través de la televisión. Estados Unidos entendió esto después de la Segunda Guerra Mundial y proyectó su grandeza al mundo.

En contraste, aunque China tiene una grandeza milenaria, no sabe transmitirla. Vemos novelas de Filipinas en nuestra televisión, pero no programas chinos. Nos sorprenden con tecnología y robots, pero eso no es suficiente.

MARÍA CERVANTES: China parece no haber logrado posicionar su narrativa como un factor de beneficio social directo. Por ejemplo, el acceso masivo a tecnología asequible —que de otro modo costaría el doble y sería inaccesible para los sectores más vulnerables— no se percibe como un aporte positivo de su parte. No han sabido transmitir ese valor, mientras que hoy vemos a la diplomacia de Estados Unidos muy activa y visible en el terreno, especialmente ante la emergencia por los desastres naturales. ¿Cómo afecta esta diferencia de presencia pública a la percepción de ambos aliados?

MIRANDA VALDEZ: Inclusive han existido prácticas que tienen un nombre técnico: el dumping. Esto ocurre cuando quieres penetrar un mercado y bajas los precios incluso por debajo del costo, algo que hemos visto claramente en el sector de las telas. Con eso están matando a un sector de la población emergente, como es el caso de Gamarra.

Esa agresividad comercial termina dejando a muchas personas sin trabajo y, al final, le hace más daño a la imagen de China de lo que le favorece. Son prácticas muy dañinas en mercados como el latinoamericano, donde la gente es emergente y trabaja para vivir.

Hay tantas cosas que se podrían realizar aquí, como la ocupación efectiva del territorio. Tenemos una selva donde se asienta apenas el 12% de la población pese a que representa el 59% de nuestro territorio; necesitamos saber cómo controlar, proteger y explotar nuestros recursos de manera sustentable, pensando en las nuevas generaciones.

Actualmente nadie está haciendo eso; el mismo Estado peruano no lo hace por su falta de capacidades estatales, y China, en lugar de apoyar ahí, entra con el tema del dumping o los monopolios, por eso sus inversiones se consideran de cuidado.

Sobre si les falta responsabilidad social, bueno, eso suele venir cuando ya están asentados. Pero si yo tuviera que recomendar acciones concretas, primero diría que deben reconocer la gran diferencia cultural que tenemos, comenzando por ahí. También es vital que eviten prácticas como los monopolios y el dumping, para luego identificar bien cuáles son las oportunidades que realmente necesitan países como el Perú.

Solo así la cooperación serviría para sentar las bases de un apoyo sincero y respetuoso de la soberanía. China siempre le da tiempo a todo, y a largo plazo esto sería mucho más efectivo que las prácticas comerciales que han venido aplicando.

MARÍA CERVANTES: De cara al próximo proceso electoral, ¿cómo cree que los resultados impactarán nuestra relación con China y Estados Unidos? ¿Realmente el perfil del nuevo presidente puede generar un cambio de rumbo en esta balanza o considera que la Cancillería logrará mantener el multilateralismo que ha caracterizado al país en los últimos años? En definitiva, ¿qué tanto peso tendrá el nuevo mandatario en la redefinición de nuestras relaciones con ambas potencias?

MIRANDA VALDEZ: Desde el punto de vista electoral, es evidente que para Estados Unidos sería mucho más cómodo que gane un candidato de derecha; sin embargo, gane quien gane, Washington va a llevar a cabo su plan de todas formas.

Por el lado de China ocurre algo similar: no es que les acomode necesariamente un candidato de izquierda, porque a Pekín no le interesa la penetración ideológica en nuestra región.

Ellos se denominan comunistas, pero manejan una economía de mercado como cualquier país europeo, así que la ideología no es un factor que les vaya a mover el piso a ninguna de las dos potencias.

No debemos asumir que Estados Unidos está haciendo todo lo posible para que gane la derecha. Lo que nosotros tenemos que priorizar es elegir a un buen presidente que posea lo que llamo una “capacidad dual”: esa habilidad estratégica para conversar con ambos países por igual.

Lo que el Perú necesita es generar desarrollo y, para lograrlo, no podemos ceder en términos de soberanía, porque eso sería sumamente perjudicial.

MARÍA CERVANTES: General, cuando usted enfatiza que no se debe ceder soberanía, ¿a qué se refiere exactamente?

MIRANDA VALDÉS: Cuando hablo de no ceder soberanía, me refiero a que no puede existir ningún contrato-ley que la vulnere. Para mí, la soberanía hoy debe entenderse bajo una concepción ampliada que abarca tres dimensiones fundamentales. No se trata solamente de la integridad territorial; es también la plena aplicabilidad de nuestra Constitución y de nuestras leyes en todo el territorio, y más allá de eso, el derecho inalienable de ser parte activa en la toma de decisiones sobre lo que ocurre en nuestro suelo.

Bajo este principio, no existen espacios extraterritoriales en el Perú, y eso incluye al puerto de Chancay. Considero que China debería actuar en consecuencia con esta visión, que es la que ya estamos impulsando como una nueva doctrina: los nuevos alcances de la soberanía.

No se trata de una postura chauvinista; somos simplemente peruanos que queremos hacer respetar nuestros espacios.

Cualquier actor que desee colaborar con nosotros es bienvenido, pero esa relación no puede darse en términos de extraterritorialidad ni bajo la imposición de un marco legal ajeno al que ya rige en el Perú.