En los discursos oficiales y la prensa china, el Perú ha transitado de ser visto simplemente como un “socio comercial” de la región o un “amigo” a ser proyectado como una “antigua civilización”.
Así lo expone Patricia Castro Obando, doctora en Antropología China, al detallar los hallazgos iniciales de su investigación académica aún en curso “La batalla por el relato de narrativas estratégicas de Perú y China sobre el megapuerto de Chancay”.
Según explica la investigadora, la infraestructura portuaria va mucho más allá de su dimensión comercial, convirtiéndose en el vehículo mediante el cual Pekín reconfigura la imagen y la identidad del Perú ante sus audiencias proyectándolo deliberadamente como una “antigua civilización”.
A través de este encuadre, China busca desafiar los relatos occidentales tradicionales sobre la modernización, ofreciendo un modelo alternativo donde el desarrollo va de la mano del reconocimiento civilizatorio mutuo.
La ingeniería de las palabras
Este giro retórico se sustenta en evidencias concretas registradas por la investigadora a partir de 2024. Antes de ese año, en la transliteración de los caracteres chinos para referirse a Chancay solo se utilizaban los caracteres de la cultura de Chancay, ya que el puerto no formaba parte de la perspectiva china.
Sin embargo, a partir de 2024, el departamento de traducción de China implementó una regulación para elegir caracteres específicos —asociados a conceptos de riqueza y victoria— al transliterar la palabra Chancay.
A ello se suma la popularización de frases oficiales como “de Chancay a Shanghái” y la alusión al puerto como “un nuevo punto de partida del camino inca de la nueva era”.
Para Castro Obando, este andamiaje discursivo se enmarca en la Iniciativa de la Civilización Global impulsada por el presidente Xi Jinping.
A través de este concepto, la superpotencia cuestiona implícitamente la existencia de un único camino hacia la modernización y plantea que los países pueden alcanzarla reinterpretando sus propias raíces y tradiciones culturales.
Esto se conecta directamente con el concepto de “poder discursivo”, mediante el cual China busca influir en cómo se definen los conceptos y qué interpretaciones adquieren legitimidad global frente a Occidente.
Como muestra de este acercamiento civilizacional, Castro Obando destaca que existen acuerdos de cooperación científica e investigativa en sitios arqueológicos emblemáticos como Caral, además de exhibiciones masivas de piezas arqueológicas peruanas en museos de Pekín y Shanghái.
El dilema peruano: agencia nacional frente al relato importado
Ante esta intensa proyección discursiva de Pekín, la investigadora advierte una debilidad crítica: el Perú carece de narrativas estratégicas propias para responder o equilibrar este relato.
Este vacío discursivo provoca que, con frecuencia, los actores locales y la prensa asuman y repliquen los repertorio importados sin un filtro crítico.
Para la investigadora, este desafío de agencia nacional es crucial para evitar que el Perú actúe meramente como un escenario pasivo dentro de la batalla geopolítica por el relato
El tercer actor: la irrupción de Washington
Ningún análisis de la competencia geopolítica contemporánea puede desvincularse de la variable estadounidense.
Si bien la investigación De Castro Obando y su equipo se centró inicialmente en el eje Perú-China, el análisis computacional del discurso arrojó la irrupción de Estados Unidos como un tercer actor que altera las dinámicas.
Mientras Washington contrapesa la influencia china apelando a conceptos de seguridad y control, Pekín responde consolidando su atractivo a través del relato civilizacional y el crecimiento económico comercial.
De este modo, a partir de estas primeras aproximaciones analíticas, la investigación subraya que Chancay ha transformado de forma irreversible las coordenadas de la diplomacia peruana, exigiendo una capacidad de agencia crítica para no ser meramente un escenario pasivo de las superpotencias.



