Durante la transmisión del partido entre Inglaterra y México el domingo, la plataforma digital RedNote —conocida como el Instagram chino— registró una audiencia de 47 millones de personas conectadas exclusivamente a través de sus teléfonos celulares.
La cifra, obtenida en paralelo a la emisión tradicional por el canal de televisión, equivale a la población entera de medianas economías latinoamericanas.
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Esta escena, presenciada desde Shanghái por el licenciado en relaciones internacionales y consultor en comercio internacional Ramiro Gómez López, ilustra cómo el balompié se ha convertido en un deporte de interés masivo en el gigante asiático, incluso sin que su selección nacional participe en el torneo.
El fútbol como herramienta de confianza comercial
Es un interés que Argentina está aprovechando a nivel institucional y corporativo. De acuerdo con Gómez López, quien acumula 15 años de experiencia en el mercado chino, el fútbol opera como una “carta de presentación” indispensable para mitigar las barreras culturales y edificar los entornos de confianza que exigen las contrapartes locales antes de concretar transacciones comerciales.
“Para hacer negocios con los chinos uno tiene que crear cierto ambiente de confianza, tienen que sentirse cómodos, tienen que encontrar algún punto en común (…) y el fútbol es algo que permite entrar un poco de esa manera (…) y tiene un efecto rebote en todas las industrias”.
Esta ventaja comparativa ha llevado a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) a desplegar una agresiva estrategia de inserción en el mercado asiático que acumula nueve años de desarrollo ininterrumpido desde sus primeros pasos en 2017.
Muestra de ello fue la gira comercial e institucional realizada en marzo de 2026 en el Workers Stadium de Pekín, liderada por el director comercial y de marketing de la institución, Leandro Petersen, y enfocada en la expansión de su cartera de patrocinadores globales y regionales.
Durante este viaje, la AFA firmó contratos de patrocinio con las compañías chinas Ant International (holding financiero) y DeRucci (industria del descanso), además de la filial local de la corporación francesa Danone, para promocionar su línea de bebidas funcionales Mizone.
La federación argentina dio un salto hacia la industria automotriz a finales de junio al firmar un acuerdo con la firma estatal china Dongfeng Motor Group.
Fuera de estos acuerdos institucionales, el mercado de consumo masivo —particularmente el sector de los electrodomésticos y la tecnología de consumo— dinamiza este ecosistema mediante la compra de derechos de imagen individuales.
Diversas corporaciones locales adquieren de forma sistemática el rostro de figuras como Lionel Messi, Julián Álvarez o Rodrigo De Paul para campañas publicitarias de alto presupuesto, recurriendo de manera habitual a producciones hiperrealistas diseñadas con inteligencia artificial.
Esta urgencia por penetrar el ecosistema digital chino no es un esfuerzo exclusivo de las federaciones sudamericanas.
Tras la victoria de Noruega contra Brasil en la cita mundialista, el astro europeo Erling Haaland recurrió activamente a plataformas como Weibo y Douyin —donde ya acumula 1.6 y 5.2 millones de seguidores, respectivamente— para publicar mensajes en chino, música en mandarín y contenido exclusivo de los vestuarios, capitalizando el fervor de una audiencia asiática que consume el torneo a través de sus teléfonos.

El despliegue del fútbol como plataforma de posicionamiento no se limita al plano corporativo, sino que se ha integrado de manera transversal en la promoción económica oficial.
Según explica el consultor, es habitual que la cancillería y los consulados argentinos incorporen elementos de mercadeo deportivo —como la exhibición de camisetas oficiales o dinámicas interactivas— en pabellones de ferias macro comerciales que no guardan relación con el deporte, tales como la China International Import Expo (CIIE) o la feria de alimentos SIAL.
“En este tipo de actividades de promoción comercial de los países, los gobiernos pueden mostrar al fútbol como una carta también, que es algo completamente válido (…) Nosotros participamos mucho en ferias comerciales acá en China donde son ferias que no son de deporte (…) y siempre está la imagen de Messi, está el fútbol”.
A nivel privado, este ecosistema también ha abierto canales para la exportación de servicios intangibles y metodologías de gestión, un área donde las instituciones sudamericanas poseen un alto grado de especialización.

Gómez López detalla que ha colaborado directamente con entidades de la primera división argentina, como el Club Atlético Talleres de Córdoba, en el desarrollo de proyectos para establecer escuelas formativas en China, dictar clínicas técnicas con entrenadores extranjeros y coordinar el envío de delegaciones juveniles chinas para capacitarse en instalaciones sudamericanas.

Asimismo, la consultoría en gerenciamiento de clubes se perfila como un activo con alta demanda entre los directivos de los equipos de la liga china.
Frente a competidores hemisféricos como Estados Unidos —donde la inserción del fútbol responde a esfuerzos recientes de expansión corporativa—, el interés del público chino destaca por su carácter orgánico y su arraigo histórico, consolidado desde las épocas de Diego Maradona.
En un mercado donde las industrias locales dominan sectores de vanguardia como la robótica o la inteligencia artificial, el capital futbolístico se posiciona como uno de los pocos productos donde América Latina retiene una ventaja competitiva de valor estratégico.
“Los chinos son buenos en casi todo: inteligencia artificial, robótica, automotriz, celulares… todo lo que te puedas imaginar. El fútbol es algo que todavía nosotros los latinoamericanos podemos tener como elemento de promoción de productos exportables, y es algo que sería bueno que los países lo hicieran”.
La contraparte: Centroamérica y la diplomacia de cemento
Mientras economías sudamericanas como la de Argentina capitalizan su propio prestigio deportivo y sus estrellas como una llave de marketing para vender intangibles y abrir canales comerciales en el mercado asiático, la relación de China con Centroamérica opera en la dirección opuesta.
En el istmo, la dinámica invierte sus roles: es Pekín la que utiliza el fútbol —a través de la donación de infraestructura pesada— como una herramienta de penetración marcadamente geopolítica y simbólica.
Mónica De Hart, antropóloga y catedrática de la Universidad de Puget Sound con más de tres décadas de investigación etnográfica en la región, señala que en esta zona una forma en que la aproximación asiática se ha materializado ha sido bajo la denominada “diplomacia de estadios”, un esquema donde el beneficio no busca el intercambio de productos de valor agregado, sino la consolidación de la influencia estatal.
Esta metodología, implementada originalmente por Pekín en el continente africano durante la Guerra Fría bajo un concepto de solidaridad sur-sur, opera de forma modular. De acuerdo con Hart, se trata de una fórmula de “bajo costo” para la capacidad constructora china que genera una gratitud inmediata y no controversial en las poblaciones locales.
“Nadie se va a poner en contra de un estadio nacional. En muchos países se percibe como una forma de demostrar desarrollo, ya que implica contar con un estadio muy moderno, cuya tecnología e ingeniería superarían la capacidad local de construcción”.
El origen de este despliegue se remonta a la década de 1970 con la edificación del Estadio Amaan en Zanzíbar, Tanzania.
Desde entonces, Pekín ha financiado y construido más de un centenar de recintos deportivos a lo largo del continente africano —la mitad de ellos erigidos o modernizados a partir del año 2000—, convirtiendo a la infraestructura recreativa en uno de los símbolos más reconocibles de su diplomacia pública.
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Inicialmente, la mayor parte de estos complejos africanos se costearon con subvenciones directas de la agencia ChinaAid; sin embargo, tras el cambio de siglo, la tendencia viró hacia el otorgamiento de préstamos concesionales de bajo interés, un esquema financiero idéntico al empleado por China para el desarrollo de la infraestructura pesada global.
Hoy en día, estos colosos albergan desde clasificaciones para la Copa Mundial de la FIFA y torneos continentales como la Copa Africana de Naciones (AFCON), hasta manifestaciones políticas masivas.

El impacto contemporáneo de este modelo ha quedado en evidencia durante el Mundial de 2026. Tras la histórica racha invicta de Cabo Verde en la fase de grupos y su ajustada disputa frente a Argentina, el propio embajador de Cabo Verde en China, Arlindo Do Rosario, afirmó que el respaldo de Pekín en la construcción del estadio nacional de su país fue una pieza fundamental para el éxito deportivo de la selección.
El dividendo de esta “diplomacia de estadios” no solo es político —reflejado en cenas oficiales entre el presidente caboverdiano y la delegación china para pactar amistosos—, sino también comercial: tras el torneo, la empresa Xufeng Sports, con sede en Fujian y fabricante de los chimpunes del arquero estrella Vozinha, registró una avalancha de pedidos en el mercado asiático, consolidando la narrativa de los residentes chinos locales como “amigos y hermanos”.
En el continente americano, Costa Rica inauguró esta tendencia tras establecer relaciones bilaterales con China en 2007, quebrando el histórico lazo con Taiwán.
El acuerdo incluyó la edificación del Estadio Nacional, una estructura donada en su totalidad que se construyó en 23 meses utilizando financiamiento, insumos y mano de obra íntegramente importados de China mediante una empresa estatal.
Un proceso similar se desarrolla actualmente en El Salvador, donde se edifica un recinto deportivo para 50,000 espectadores, publicitado por la administración de Nayib Bukele como un dinamizador de valor social urbano que se suma a la megabiblioteca construida también con fondos de Pekín.

La construcción del nuevo Estadio Nacional de El Salvador, donado por la República Popular China. Foto: @ybukele
El contraste con Taiwán y los límites del beneficio comercial
Este patrón de asistencia representa una ruptura con los métodos de cooperación empleados previamente por Taipéi en la región.
La diplomacia taiwanesa basaba su presencia en el financiamiento gradual y fraccionado de proyectos viales o gubernamentales —como el Congreso de Paraguay o el edificio de gobernación en Nicaragua—, lo que obligaba a las administraciones locales a renegociar periódicamente los fondos a través de sucesivos periodos presidenciales.
“Taiwán sí había regalado estadios, pero pequeños (…) Mucha infraestructura pero normalmente por pedazos, como construcción de carreteras de forma gradual. Si el proyecto se viene recibiendo gradualmente, entonces eso también cultiva una relación de largo tiempo. En cambio China hace un contrato y en tres años lo termina”.
No obstante, las donaciones completas e inmediatas de China introducen desafíos técnicos a largo plazo, según De Hart.
Al ser infraestructuras ejecutadas al 100% con componentes chinos, los administradores locales enfrentan severas dificultades operativas y elevados costos presupuestarios para conseguir repuestos incompatibles con el mercado doméstico, tal como ocurrió en Costa Rica con los sistemas de presión de agua o mantenimiento eléctrico.
Asimismo, las promesas de apertura económica derivadas de los nuevos lazos diplomáticos y los tratados de libre comercio no han cumplido las expectativas iniciales en el istmo.
A diferencia de las economías sudamericanas, que despachan materias primas masivas y de alto valor como litio o soya, la oferta exportable centroamericana —basada en café, azúcar o frutas— es limitada para las demandas de Pekín, lo que ha generado balanzas comerciales crónicamente deficitarias, con la excepción de Costa Rica, que ha logrado diversificar sus envíos hacia el gigante asiático.
Por el contrario, el masivo ingreso de manufacturas y servicios de telecomunicaciones chinos ha terminado por desplazar a los productores locales y al comercio intrarregional tradicional, señala la experta.
A pesar del colosal impacto visual y el valor social que estas megaobras representan para las poblaciones beneficiarias, la experiencia acumulada en casi dos décadas en Centroamérica demuestra que la infraestructura donada tiene un límite claro en la diplomacia de largo plazo.
“No asegura nada”, advierte Mónica De Hart. “Al principio había mucha esperanza de que la relación con China y un tratado de libre comercio fuera la solución, y no lo ha sido para nada. No ha materializado la inversión china que todos esperaban. La infraestructura no ha sido una ganancia sin problemas; incluso los proyectos que se han armado en Costa Rica han sido muy complicados, o han generado mucha controversia”.
Los lazos entre San José y Pekín en los últimos años han entrado en una fase de enfriamiento. El distanciamiento se agudizó tras la decisión del presidente Rodrigo Chaves de excluir a la tecnológica Huawei de la licitación para la red 5G del país, una medida justificada por motivos de seguridad.
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Como concluye la propia De Hart: “Cada partido tiene su ganador y a veces no es el resultado esperado”.




