China mantiene en Venezuela una presencia “genuinamente real pero visiblemente menor” tras la captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos hace casi un año, según Andrea Freites, investigadora del Millennium Nucleus sobre los impactos de China en América Latina y el Caribe (ECLEC), con sede en Chile.
En una entrevista con el podcast China Global South, Freitas describió la relación bilateral como una continuidad “solo en el papel”, con un vaciamiento de fondo que se hizo evidente en septiembre, cuando Washington anunció un acuerdo petrolero de gran escala en territorio venezolano.
El acuerdo que desplazó a empresas chinas
A finales de agosto, el presidente Donald Trump presentó lo que llamó el mayor acuerdo petrolero de la historia: North American Blue Energy Partners, un consorcio respaldado por Washington con concesiones de 100 años sobre 17 campos en el lago de Maracaibo y la Faja del Orinoco, equivalentes a unos 65.000 millones de barriles, cerca de la mitad de las reservas totales de Venezuela.
Según la estructura descrita por Freites, el Pentágono, a través de su Oficina de Capital Estratégico, controla cerca del 35% del capital del consorcio, mientras el Departamento de Estado puede adquirir el 20% de la producción a precio de costo y tiene derecho preferente sobre el resto.
Varios de los campos incluidos en el acuerdo habían sido operados o buscados previamente por compañías chinas, entre ellas Sinopec y China Concord Resources. Para Freites, el reparto no fue incidental sino una acción deliberada para desplazar los intereses de Beijing en el país.
Respuesta diplomática
La reacción de China, dijo la investigadora, llegó rápido pero se mantuvo acotada. El 1 de septiembre, un portavoz de la cancillería china declaró que la cooperación entre China y Venezuela está protegida por el derecho internacional y que los derechos e intereses legítimos de Pekín deben salvaguardarse.
Freites subrayó que se trató de una protesta diplomática, no de una represalia, y que en ningún momento se vinculó al conjunto de la relación comercial entre Pekín y Washington.
Estados Unidos pesa más que Venezuela
Según la investigadora, Pekín prioriza la estabilidad de su relación global con Washington por encima de la defensa de un socio regional cuya importancia considera hoy marginal frente a países como Brasil, Perú o Chile.
Freites citó la cumbre entre Trump y Xi Jinping celebrada en Pekín en mayo, con una reunión recíproca prevista para esta semana, y una tregua comercial de un año pactada en Corea del Sur en octubre pasado, como pruebas de que Washington es el socio que China menos está dispuesta a arriesgar por un asunto regional de bajo perfil como Venezuela.
La investigadora también señaló que la respuesta de China al terremoto que golpeó Venezuela este año fue notablemente moderada en comparación con su propio historial de ayuda en desastres en la región, como el terremoto de Ecuador en 2016. A su juicio, esto refleja una calibración deliberada de Beijing más que una falta de capacidad.
Sobre si la caída de Maduro representó un fracaso estratégico para China, Freitas fue clara: considera que Pekín no anticipó el desenlace, pese a que su enviado especial para América Latina se encontraba en Caracas la misma noche de la operación estadounidense.
Escenarios a futuro: ¿Libia o Ecuador?
De cara al futuro, Freitas mencionó dos precedentes que se debaten dentro de la academia china. Uno es Libia, donde el gobierno transicional que sucedió a Muamar Gadafi en 2011 declaró ilegales los acuerdos previos con China. El otro es Ecuador, que entre 2020 y 2022 optó por renegociar su deuda con bancos estatales chinos en lugar de repudiarla.
Freitas se inclina por el escenario ecuatoriano como el más probable para Venezuela, ya que la transición política tras la caída de Maduro ha preservado tanto los contratos como las instituciones y el régimen gobernante.
Una “zona gris” duradera
Para los próximos tres a cinco años, Freitas prevé que persista una zona gris entre ambos países: ni una ruptura orquestada por Washington ni un regreso a la relación previa a 2026. Añadió que el desenlace dependerá en parte de las disputas internas de liderazgo dentro del PSUV, el partido gobernante en Venezuela, y de si emerge una facción más cercana a los intereses chinos.




